Imagen de NPJ de la Pasión en la Novena de 1964 – (425)


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Estampita de la Novena de Pasión de 1964


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Reseña en prensa de la Novena de Pasión de 1964 – (423)


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Juan Pablo Navarro Rivas
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“Don Francisquito”, Francisco Romero de la Quintana, en la novena de Pasión de 1964 – (422)


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“Francisco Romero de la Quintana fue un popular sacerdote natural de Jerez de la Frontera, al que popularmente se le conocía como “Don Francisquito”, que ejerció su ministerio principalmente en Sevilla, como coadjutor de la Iglesia del Divino Salvador durante más de cuarenta años.

De carácter muy risueño y alegre, dotado de fino humor e ironía, le gustaba enseñar su casa repleta de azulejos y cerámica, que pacientemente y con buena parte de la generosidad de los ceramistas y fábricas de Triana fue atesorando en sus paredes. Todas las habitaciones de su casa estaban decoradas a modo de museo de pequeñas piezas de cerámica y medallas de todas clases, con las que sus amigos, sabedores de su afición, le obsequiaban. Tenía un acusado sentido del arte, de forma que los cofrades de distintas hermandades le consultaban antes de emprender una obra o estreno de importancia.

Como anécdota, y dada su inclinación a poner apelativos y motes cariñosos a sus allegados, al igual que soportaba el de “Padre Vitriolo”, en relación a los retablos cerámicos, calificó cariñosamente el del Cristo de la Buena Muerte en la plaza de la Encarnación de Sevilla como el Cristo del “enjabonado”, por el enorme celaje que decora su fondo.

Meses antes de morir, en 1971, fue llamando a sus mejores afectos, haciéndoles entrega de esas piezas que con tanto cariño reunió, pues decía que deseaba evitar que aquellos “sus tesoros” fuesen a parar al mercadillo de antigüedades de la calle Feria, el Jueves. Podemos citar la serie de azulejos marianos que regaló a la Hermandad del Rocío de Sevilla, firmados por Antonio Kiernam Flores, actualmente en paradero desconocido.

Martín Carlos Palomo García”

“El  agua del surtidor del patio parroquial se desliza con tristeza.  Desde las alturas se ven los bronces con toques funerarios.  A nivel del suelo, junto a los capiteles  se apiñan los feligreses.  No  hay estandartes, ni varas. Basta con los hermanos. Una cruz, unos ciriales y muchos sacerdotes.  Todo se diría al gusto del difunto. En este jueves primero de junio ha muerto un presbítero humilde y ejemplar: don Francisco Romero de la Quintana. Después, el último  tránsito por  aquel  claustro de la antigua mezquita, testigo de cincuenta años de labor parroquial del anciano coadjutor. ¡Cuántas colocaciones, cuántas  viviendas y cuántos problemas resueltos  por aquella humilde  persona!  Desde el balcón corrido de San Juan de Dios le rezan un padrenuestro los ancianos acogidos. En la calle, en la Plaza del Salvador, le esperan  el alcalde,  varios  capitulares  y, mezclados  con el pueblo, intelectuales, comerciantes del  barrio,  militares y cofrades de nuestra ciudad. Por la puerta grande penetra el ataúd. Comienza la misa exequial. El  párroco  emocionado va contando las características de don Francisco: humildad, pobreza, amor a la Eucaristía. «No pudo hacer testamento —dijo—, porque nada tenía, todo lo había dado n vida». En los últimos años, el padre Romero de la Quintana había  sido probado por Dios con una larga enfermedad.  Nunca se le vio  lamentarse,  jamás se quejó  de su situación. La casa de don Francisquito, como todos familiarmente le llamábamos era un pequeño museo pintoresco. Lo conocí en todo su esplendor.  Viví veinticinco años en aquella parroquia y forzosamente tenía que visitarla. Además, el trato humano y sencillo del coadjutor era poderoso imán  para todos sus feligreses. En las habitaciones del reverendo se podía encontrar de todo. Desde elefantitos con tu trompa para arriba o para abajo, a cerámica  de Niculoso Pisano o litografías con la Guadalupana.  «Todo  —decía con gracia— me lo han regalado». Y como todo era producto del obsequio de curas amigos, comerciantes, alfareros de Triana y visitantes ilustres, hace unos años nos llamó a muchos de sus amigos, o a hijos de sus amigos y nos regaló sus piezas. «No quiero —añadía— que vayan a parar al Jueves». Así que poco a poco fue dando lo que tenía y  murió pobre como Cristo. Acudía a diario al jubileo y no faltaba nunca a procesiones,  novenas y  quinarios. Si había ocio, allí estaba don Francisquito; si Vía Crucis a  la Cruz del Campo, hasta el templete se trasladaba a pie; si inauguración  de Casa de Hermandad, Museo de Cofradías  o lo que estuviera ligado con nuestras tradiciones religiosas, siempre se le veía. Nunca aceptaba la primera fila, si acaso la vara para apoyar su ancianidad.”

Joaquín González Moreno

Ha muerto don Francisco Romero de la Quintana, que durante tantos años fuera coadjutor de la parroquia del Divino Salvador. ¿Quién no recuerda a este sacerdote popularísimo? ¿Quién no disfrutó alguna vez del placer de su charla? Pasó su vida entera entre el Jerez natal y la Sevilla que conquistara con su modestia y simpatía extraordinarias. Sacerdote de piedad edificante, descubrió ya en su tierna infancia que las devociones no están reñidas con el humor. Y no pocas veces hizo de su chispa vehículo de apostolado poniendo las cosas en su sitio. «Castigar riendo». Despacioso de palabra, en la ocurrencia era velocísimo. Yo creo que Don Francisquito no se enfadó nunca. Cuando tenía que pasar algún mal trago, pues chiste-cito al canto. Y en los últimos años pasó lo suyo el pobre, pues, le sacaban de quicio muchas de las cosas que se ven por ahí. Su fama llegó a ser tan extensa que se le atribuían dichos y hechos que nada tenían que ver con él. «¡Las cosas de don Francisquito!», apostillaba la gente riendo. Y lo que fuera, se le quedaba colgado para los restos. Llevaba ya varios meses herido de muerte, postrado en aquella alcoba literalmente tapizada de imágenes. Fue -¿habrá que decirlo?- un gran sevillano, un tenaz defensor de nuestras más puras tradiciones. Supo ser respetuoso sin servilismo, y se hizo querer de todos por la sencillez que trasminaba de su persona. Su simple presencia en la colecturía o en el patio de los Naranjos —precioso patio el del Salvador—era una cita de amistad segura con el regalo de una conversación deleitable. Don Francisco Romero de la Quintana fue de los hombres que hacen época. Y la época de don Francisquito, él bien lo sabía, no era exactamente la nuestra, la que ahora tira de nosotros.

Francisco Luis Otero Nieto, Quintaval

Juan Pablo Navarro Rivas
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Estampita de Pasión con motivo del Concilio Vaticano II – 1963 – (421)


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La oración que acompaña a la imagen hace referencia al Concilio Vaticano II que se reunía por aquellos años (1962-1965).

Juan Pablo Navarro Rivas
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Mi nombramiento como hermano de la Archicofradía de Pasión – 8 de enero de 1964 – (420)


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Recuerdo de la Novena de Pasión de 1962 – (419)


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